13
Marzo
2005
Love is in the air
El otro día, en el marco de un encendido debate sobre las virtudes y defectos de los siempre controvertidos Radiohead, uno de nuestros referentes culturales más claros y preclaros, el divo del Pop & Roll tuno patrio y gran persona en general, John Tones afirmó que había podido realizar el acto sexual de follar mientras de fondo sonaban los Astrud; una proeza, qué duda cabe… Este comentario, que pueden hallar aquí, nos condujo a sumergirnos en una profunda reflexión: la gente folla, la gente escucha música y a veces realizan las dos actividades a la vez.
Ahora, atemorizados por la naturaleza de esta tontería que acabamos de decir, se echarán ustedes las manos a sus respectivas cabezas y exclamarán, “¡Dios mío, a los Lamedores de Amor les ha entrado un ataque de obviedad!” y es verdad. Pero es curioso como por las razones más variadas, todo el mundo ha escuchado alguna vez una tonada inapropiada en algún momento íntimo… En el momento íntimo del amor, gorrináceos, no se nos pongan escatológicos. Y estas cosas pasan incluso teniendo en cuenta que la industria discográfica, siempre atenta a los problemas y sugerencias de los consumidores, tuvo a bien crear unos magníficos recopilatorios de baladitas empalagosas como el archico(no)cido The Power of Love; otros más underground increibles que no se atrevieron a publicitar ni los de la teletienda, como el disco de título autoexplicativo Música para hacer el amor; o directamente cualquier disco de Kenny G.
Pues pese a la existencia de estas joyas de lo musical y de los amores, quién no se ha encontrado limando asperezas con algún congenere mientras sonaba de fondo alguna horrorosidad; como, qué podemos decir, unos Blind Guardian, un Spanish Bizarro a toda mecha o incluso un Manu Chao taladra-cerebros. Como anécdota personal (como si las otras no lo fuesen, je…) les confesaremos que en tan sólo dos (2) ocasiones tuvimos que parar el acto físico del amor para cambiar de CD: la primera, tiempo ha, con un Bob Log III interpretando Wigglin’ Room, con sus poderosas y simiescas zarpas de mono recorriendo el mástil de su guitarra a ultra-velocidad; y la segunda mientras Violeta la Burra, err…, euh…, “interpretaba” su hit Draculina. Sí, ejem, nosotros tampoco entendemos cómo demonios se pudo llegar a dar tal situación.
Así que ándense con mucho ojito cuando vayan a la cama y fornicien con algo moderno y bonito, amados lectores del amor. De algo tienen que comer los Portishead, ¿no?
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