Amiguitos. Amiguitas. Desde lo más profundo del amor llega hasta ustedes una nueva y traumática entrega de Semos lo que Comemos. Esa sección que les trastoca el tracto digestivo tanto o más que el Lametón Negro. Un nuevo fascículo de nuestra autóctona y autoinflingida tortura gástrica que, aventuramos, nos servirá tanto para deleitarles el paladar como para instruirles en el intrincado mundo de la física clasica.
Y es que lo que les ofrecemos hoy no es una golosina cualquiera, una pequeña fruslería con la que pasar el rato, no. Les traemos un engendro pernicioso que solo puede ser fruto de una sociedad desahuciada y abocada a una merecida extinción. La fruta pervertida hasta el extremo más delirante: Fruty, la fruta de bolsillo.
La caja de Pandora
Sí, la fruta de bolsillo, empezamos mal. Porque si excluimos melones, sandias, calabazas y algún que otro albaricoque a punto de estallar a causa de su madurez, todas las frutas son de bolsillo. Se pueden llevar de un sitio a otro facilmente. Pero claro, no vienen masticaditas y embolsadas como el nuevo producto de Juver. Si conceptualemente el producto ya tiene delito, la materialización del mismo es aberrante. En primer lugar y atendiendo a su presentación les diremos que los Frutys, como las desgracias, nunca vienen sólos, sino que se presentan en packs de cuatro (4) unidades; como si en vez de pseudofruta se tratase de cerveza. Un exceso innecesario, una maniobra sucia y mercantilista que nos hace sospechar que Juver quiere ante todo nuestro dinero. Sobretodo, porque se hace difícil creer que después de probar un Fruty le queden ganas a uno de comerse otro.
En esta ocasión y sin que sirva de precedente, optamos por la sobriedad y adquirimos la modalidad de manzana, teniendo en cuenta que también las hay de fresa o albaricoque nuestra temeridad gástrica (aunque parezca mentira) tiene un límite. Cada unidad de Fruty viene en una bolsita de esas de aluminio raruno que puedes estrujar y sobar hasta la saciedad, como un adminículo antiestrés o… como una polla, vamos. Su única abertura al exterior es una boquilla de plástico para succionar el contenido, similar a una bolsa de trasfusión sanguínea o… um, o… bueno, una polla, sí.
En el momento en que hicimos girar el taponcito hasta abrirlo, un intenso olor almizclado y ácido nos envenenó la pituitaria, como si de repente se hubieran materializado ante nuestros ojos mil quinientas (1500) manzanitas verdes de gominola, de esas que le dejan a uno la mano llena de polvo radioactivo y el paladar salivando (o llorando) durante horas. El olor era inquietante pero el verdadero horror llegó con la visión y , más aún, con la cata del contenido. Al presionar suavemente la bolsita, un puré de consistencia paranormal y del color marronáceo propio de los excrementos de un bebé con gastroenteritis, salió expulsado en forma de gotarrones de repulsión reconcentrada. A pesar de esta grotesca y devastadora imagen, nos armamos de valor y decidimos probarlo. Sí, a veces el Amor nos conduce a hacer locuras.
Desde aquí queremos advertirles de estos hechos para que ustedes, mucho más racionales que nosotros, no lleven a cabo tal acto de inconsciencia. No queremos que sientan nunca como esa compota babosa y caliente, llena de extraños matices, aglutinadora de texturas desconocidas en los universos cercanos, pegajosa y resbaladiza a la vez, penetra en su casta boca (¿?). Es una experiencia demasiado traumática, ya no sólo por lo marciano del sabor, sino por el grumo, señores, el grumo. Esa consitencia icntínea no es de este mundo, ese plasma frutal sólo se puede llegar a conseguir mediente tretas oscuras aplicadas a excedentes de manzana que ni los cerdos han querido como merienda. Avisados quedan.
The children just wanna have fun
Pero, ay, amiguitos. Juver, con esta basurilla disfrazada de complemento ideal para la dieta de cualquier retoño, nos pone también al alcance de la mano una herramienta de diversión y jolgorio. Imagínense por un momento que su consumista mamá decide que su almuerzo será una bonita bolsa de fruta plasmática: a partir de ese momento, usted podría convertirse en el pardillo de la clase, en el niño colleja que soporta estoicamente la humillación de consumir la fruta del futuro y al cabo de unos años se suicida para regocijo de los telediarios nacionales. Pero esa no es la actitud, no, debemos mirar más allá y ver como Fruty nos puede servir para ser los semi-dioses del recreo. Los putos amos, los reyes del vacile.
Es en este párrafo (en éste) en el que cogemos la vara del maestro para enseñarles que, como sabiamente instruye el dicho popular, en el agujero pequeño está la buena confitura. Los niños, que no son tontos del todo aunque lo aparenten, aprenden rápida e intuitivamente las leyes de la física clásica y mecánica de fluidos en lo que respecta a una magnitud escalar de efectos empíricos obvios: el flujo. Como ustedes, lectores eméritos y aficionados a la ciencia donde los haya, ya sabrán, el flujo es la cantidad de materia que atraviesa una determinada superficie imaginaria por unidad de tiempo. En la circulación de un fluido por un conducto, el flujo se mantiene constante en todo el trayecto de éste… por lo que un ensanchamiento del cauce de un río implica necesariamente un descenso de la velocidad del agua. Al contrario, si ustedes aplican una fuerza al extremo flexible del Fruty, la velocidad de la papilla en el interior del paquete aumenta dramáticamente al salir por el estrechísimo orificio de la boquilla. Pueden ver un simpático esquema de lo que estamos hablando en el hermosísimo GIF animado con píxeles incluidos que hemos elaborado especialmente para los niños que no saben leer chachi.

Para realizar una experiencia empírica de cuál podría llegar a ser el resultado, cogimos a una persona de peso similar al de un infante (50 Kg de Amanda) y la lanzamos desde una altura equivalente a un salto moderado: medio metro (1/2 m.). El resultado es un experimento feo cuyo ejemplo no deben seguir las niñas y niños que nos leen, porque tirar comida es un pecado muy gordo y cada vez que un niño tira un bocadillo Dios trae una paloma al mundo. Sin embargo debemos confesar que el lanzamiento de Fruty, además de ser un éxito, fue una experiencia de jocosidad elevada de resultado sorprendente: impelidos por una energía de unos doscientos cincuenta Joules (250 J), los noventa (90) gramos de Fruty sobrepasaron con creces los cuatro (4) metros que habiamos previsto en nuestros cálculos, más allá de la acribillada barandilla y precipitándose en un abismo insondable. Pinchen en la foto de los zapatos voladores de Amanda para ver el resultado.

Ya lo dice Juver en su publicidad, la fruta que además de alimentar, te divierte. Que tengan buen vuelo, amiguitos.
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