Lametones de Amor

Una llamada a la incorrección en agradables tonos pastel

Categoría: Semos lo que Comemos (Página 1 de 4)

Taro frito y caramelizado

Muy buenos dias tengan ustedes, amados lectores de Lametones de Amor. Despúes de un parón imperdonable pero necesario para nuestras vias gástricas y para nuestra salud física, hoy regresa a las pantallas de sus computadoras una de las secciones que más saliva ha hecho derramar por estos lares. Con todos ustedes una nueva y suculenta entrega de Semos lo que comemos. Sí, sabemos que lo añoraban y que desde hace tiempo vagaban sin referente ni rumbo fijo por el hipermercado de la esquina de su casa, pues bien, aquí estamos Amanda y Casimiro para recomendar lo más selecto de la estanteria del super.

Y para esta rentreé, hemos elegido un producto exótico, rosáceo y dulce, vamos, como nosotros mismos. Una exquisitez venida de allende los mares. Un manjar tropical. Algo que podriamos llamar Barritas de Taro crujientes. Algunos de ustedes, amorosos, se deben estar preguntando qué diantres es el taro, lo sabemos. Por eso, porque estamos aquí para instruir deleintando, ya hemos visitado por ustedes ese universo paralelo que es la wikipedia y les podemos dar en cuatro (4) palabras toda la información que necesitan a cerca de dicho alimento: es una raiz tropical.

La alternativa natural

Lo primero que nos llamo la antención de este producto mientras paseabamos por un centrico comercio de alimentación oriental, fueron sin duda sus vivos colores. Un rosa atronador destacaba refulgente en la truculenta y ocre estanteria de las patatas fritas y snacks varidos. Desde lejos creimos que se trataba de una especie de pierna de algún animal exótico troceada… barritas de carne indefinida, por fin uno de nuestros anhelos gastronónimos hecho realidad. Pero no, pequeñuelos, si bien el dibujo del embalaje resulta un tanto ambiguo y tanto podria ser jabalí en porciones como batata en rodajas, el rótulo lo dejaba claro: barritas crujientes de taro.

¿Cómo explicarles nuestra sensación al descubrir el tesoro que ocultaba tan colorida y brillante bolsa? Lo que encontramos fueron una especie de patatas fritas congeladas de color rosa cadaver con una extrañas franjas de color malva semejantes a capilares congestionados. Más que una apetitosa raiz del trópico bien podriamos pensar que nos encontrabamos ante unas barras elaboradas a base de choped o de descartes de mortadela o ¿por qué no decirlo?, ante algún producto cárnico marca Lidl de extraña procedencia. Eso si, debemos decir en su favor que el olor que desprendian era casi agradable.

Al catar una de estas barritas tropicales de lo primero que se da cuentra uno es de lo durisimas que están, por un instante nos pareció estar masticando tiza. Más que crujientes el envoltorio las deberia definir como crujidoras. La dureza de este engendro alimeticio hace que se tambaleen los cimientos de la fábrica de Corega.
Si hablamos de su sabor, pues que quieren que les digamos… las opiones han ido desde sabor a castaña envuelta en algodon de azucar hasta sémola hervida en leche, es decir, dulces. Lo aspero y duro de su textura hace que no se hagan muy empalagosas pero eso si, tremendamente cansinas y excesivamente melifluas y neohippies como para pretender ser una alternativa real a una buena patata frita recubierta de saborizante cancerígeno al uso. Que tengan un buen dia, grumetes.

Matutano 0 – España 1

Buenos días, buenas tardes y buenas noches, gorrinitos de la Villa del Pingüino. Amanda y Casimiro tenemos el placer de volver a presentarles en Lametones de Amor una nueva entrega de la seccion que horada estómagos y refuerza personalidades: Semos los que comemos. Sin embargo, como el producto que les presentamos hoy no es de la categoría mundial de una ambrosía grasienta de multinacional ni de posee un encanto residente en su ovoide exotismo oriental, merece una breve introducción descriptiva. Ojo, que con esto no queremos decir que la mierdelicia a la que atendemos hoy no sea digna de reconocimiento, bien sabido es que en el bote pequeño se guarda la buena confitura. Lo que sucede es que estamos hablando de una empresa española de difusión moderadamente local pero en constante crecimiento, lo cual implica la posibilidad de que no conozcan ustedes las virtudes de los aperitivos Frit Ravich. Sin embargo, si han veraneado ustedes en el Levante español, la comunidad catalana o las Islas Baleares, puede que hayan visto y visitado algún colmado o supermercado de segunda (2ª) línea en la que adquirir las delikatessen para paladares extranjeros que nos ofrece la citada marca comercial.
Alguien dentro de Frit Ravich debió pensar, muy acertadamente, que si el objetivo de la empresa era prosperar no debían centrarse en el mercado adolescente y juvenil; el marketing y la publicidad de las grandes marcas está demasiado arraigado en las débiles y maleables mentes de los jóvenes españoles. No se puede competir contra la colorida maquinaria capitalista de Matutano con buenas intenciones y bolsas de plástico transparente. Sin embargo, aun entre las poderosas garras de la megacorporación del aperitivo frito hay huecos y resquicios entre los cuales puede escurrirse una cuota de mercado en la que medrar y el acierto de la empresa española fue vislumbrar la existencia de unos seres desvalidos y cargados de pasta en los que el Gran Hermano Patatil no había reparado: los guiris.

Las víctimas de todo éxito español
triblis_peq.jpgPara el español el turista es, por definición, una billetera con patas cargadita hasta las cejas de divisas extranjeras que se pasea por nuestra sagrada patria durante unos días entre baños de alcohol, insolaciones, droga de dudosa procedencia y un bello rosario de intoxicaciones variadas. El objetivo del juego consiste en extraer la mayor cantidad posible de dinero del pardillo sin incurrir en violaciones flagrantes de la legalidad vigente. Hay miles de formas de hacerlo y de hecho a medida que usted está leyendo estas líneas es muy probable que se estén inventando nuevos métodos de extracción y renovando los antiguos. Es en este punto, conscientes del peculiar gusto para los aperitivos del que hacen gala los extranjeros que no son españoles, en el que Frit Ravich decide vender una serie de patatas fritas con sabores que otrora sólo eran conocidos allende los mares y en las malignas Pringles. Cheese & Onion, Salt & Vinegar, Prawn Cocktail, Roasted Chicken... con estas armas se presentó en las costas españolas, haciendo de ellas un baluarte estival. Hay que apuntarle un tanto a la compañía catalana, y es que a diferencia de otras marcas, ellos han conseguido un sabor que REALMENTE se ajusta a la descripción del envase: si pueden hacerse con un paquete de patatas Frit Ravich sabor “pollo a l’ast” podrán comprobar que tanto el aroma que desprenden es el de un pollo giratorio recién sacado de la parrila y que su sabor, así como su aceitosa textura, son idénticos a las de cualquier pollería de barrio.
Últimamente hemos podido comprobar con agrado que podemos hallar productos de nuestra adorada empresa en algunos de los mejores badulaques de Barcelona y alrededores. Pero la sorpresa ha sido comprobar que no son patatas para guiris lo que llena la estantería dedicada a los fritos y otras-grasas, sino un surtido de imitaciones bastardas de Matutano y productos refritos de churrería, entre los que brilla con luz propia (refleda por el aceite) las cortezas de cerdo. Sólo por esto último ya debería decir todo el mundo: ¡Viva Frit Ravich!

El Huevo de los cien (100) años

Shiny happy eggs

Hola comensales y comensalas, esto auguro que les va a encantar, una nueva entrada de la subsección No hay huevos. Hoy tengo el placer de presentarles una auténtica delikatessen venida del lejano oriente: el huevo cien (100) años, también llamado huevo mil (1000) años, huevo centenario o huevo de dragón. Me atrevo a decir que este exótico alimento es como el fútbol: levanta pasiones o provoca un rechazo visceral, no hay término medio. Estas exquisiteces dedicadas a las bodas y banquetes chinos se elaboran a partir de huevos de pato, aunque las mutaciones que han sufrido los hacen irreconocibles: por fuera oscuros, de color Coca Cola, la yema es verdosa y por suerte no tienen nada que ver con los huevos salados, que resultaron francamente malos.
Si el dicho “la comida entra primero por la vista” fuera cierto nadie los comería, porque son horrendos, parecen podridos y son gelatinosos por fuera. Este repulsivo y legamoso aspecto se debe a la lenta desnaturalización de las proteinas que constituyen la masa ovoide al verse sumergidas en una mezcla de barro alcalino y agua durante un periodo laaargo de tiempo. ¡Pero no se dejen engañar por el aspecto de las cosas!

Para comprobar la veracidad del susodicho dicho, aprovechamos una una comida multitudinaria en un restaurante chino auténtico* con once (11) asistentes y cuatro (4) huevos 100 años aliñados con vinagreta de soja y cilantro. El resultado fue realmente desesperanzador aunque instructivo:

  • 2 personas comieron con fruición
  • 1 persona comió, pero poco, porque le sentó mal la última vez
  • 3 personas probaron un poquito y una de ellas casi se atraganta (luego se encontró mal)
  • 5 personas los miraron con repugnancia (a los huevos y su ingesta)

Curiosamente, los comensales que probaron los huevos también lo hicieron con las lenguas de pato que nos sirvieron, pero esa es historia de otro articulín.

Bien es posible que el malestar posterior que causa en algunas personas sea debido al litargirio (óxido de plomo) con que algunos fabricantes aceleran el proceso de curado, basado en meter cada huevo individualmente en una mezcla de sal, lejía y cal unos días para luego dejarlos unos meses en una especie de barro hecho con ceniza, sal y otros ingredientes. Así que si piden huevos 100 años, que sean sin plomo.
Pero yo opino que ese malestar es algo más bien psicológico: el rechazo a lo que es diferente y extraño, que en el caso de la alimentación alcanza grados superlativos. Nuestro cuerpo es sagrado, y no dejamos entrar cualquier cosa así como así. Bueno, en general no, vaya.

Presentación en el restaurante

Por si alguien se anima a deleitarse con esta exquisitez, que espero que sí, puede dirigirse a:
* Restaurante Chino Jardin Rosa

Avenida Mistral, 54
Tel 933257195 – Barcelona
Ah, ¡y no olviden comentar sus sensaciones aquí en su nidito de Lametones de Amor!

Acelgafrita admirando el canapé

Huevo de pato chinako

No hay huevos, una nueva subsección de Semos lo que Comemos

Saludos, ávidos lectores de Lametones de Amor. Que los chinos comen cosas rarísimas es sobradamente conocido por todos. Y es una suerte que haya tantos en nuestra amorosa ciudad, L´Hoschinalet, porque nos brindan la oportunidad de deleitarnos en ese mundo tan variopinto y misterioso como son los extraños alimentos de allende los Urales.

Proteinas ovoides desnaturalizadas por elevada concentración salinaPues qué bien, debo decir que cuatro (4) horas después de ingerir el producto de hoy, aún me huelen las manos y cada vez que las acerco a mi cara mi nariz ésta se frunce e incluso me provoca náuseas. Y todo por un huevo, un huevo chino. No se trata del famoso huevo cien (100) años, sino de un huevo envasado al vacío que no sabemos como se llama, pero que es de igualmente de pato aunque cocido en sal. Lo venden en el súper chino y para probarlo, esta vez y para variar, hemos visitado un bar restaurante de Dürums y Shawarmas regentado por nepalíes.

Tras rasgar el envoltorio, lo hemos intentado descascarillar, y lo hemos conseguido, pero no sin dificultad y además dejando el huevo como marcado por la viruela. La chinita que nos lo vendió nos dijo que el huevo era, como efectivamente comprobamos más tarde, muy salado, pero no comentó nada sobre un fluido que ha empezado a supurar, un líquido anaranjado de lo que una vez debió ser una yema, de cuyo olor por desgracia aún no se han desprendido mis manos. Pobre huevo, solo he podido pegarle dos mordiscos, estaba tan salado y tenía un gusto tan penetrante a huevo que he desistido de comérmelo entero, gracias también a Amanda, que decía: “No coma usted más, ¡no hace falta comérselo todo!”. Gracias, Amanda, le debo unas papilas gustativas.

¡Leches!Menos mal que hemos tenido la precaución de adquirir una lata de brebaje lácteo para diluir esa posible contingencia. Sentimos no poder concretar la denominación de nuestros alimentos hoy, pero nuestro conocimiento del chino es francamente pobre, por no decir nulo, y la única palabra en inglés decía: “Milk”. Si algún chino lee esto, le agradeceremos que nos traduzca lo más relevante del etiquetado.

Lo que mejor define el contenido de la lata de brebaje lácteo es: leche condensada diluida. De sabor francamente bueno y dulzón, ha logrado neutralizar el estropicio que estaba haciendo el huevo saladito en mi estomaguito. Ya ven, mientras Casimiro usa la leche condensada para untar su cuerpo y hacerse fotos-sexys, los chinos la diluyen y envasan en divertidas latas para compartirla con todos nosotros.

Amorosos, nuestro consejo es que si quieren, ejem, “deleitarse” con estos manjares ovoides de hiperbólica salinidad, como medida de precaución usen guantes de látex. Quien avisa no es traidor.

Salami Chinako (by Acelgafrita)

En el incipiente Chinatown de L’Hospitalet, en la difusa frontera entre Collblanc y la Torrasa que se conoce popularmente como L’Hoschinalet, hemos gozado de la oportunidad de deleitar nuestras papilas gustativas con un nuevo y sorprendente sabor: el Salami chino. Este nombre lleva a confusión, ya que no se trata del salami tal y como lo conocemos en nuestros supermercados, sino que es de algo completamente diferente: ala de pato disecada. Miren si no la foto que acompaña más abajo, ¡no digan que no entran ganas irresistibles de comerlo!

Para gozar de tan atractivo manjar había que escoger un lugar apropiado para su degustación, y qué mejor que el famoso bar chino de mediana (o tercio, para los de las afueras de Barcelona) a euro con quince (1’15 ‚¬) para experimentar nuevas sensaciones. En el envoltorio exterior pone en alemán (!) “Die weist mit dem guten geschmack”, que viene a significar algo como “La XXX con el buen sabor”, donde XXX no sabemos qué significa, ya que esa palabra no existe en alemán. Quizás querían decir embutido, que sería “Wurst”. Bueno, eso es lo menos importante, después de sufrir las traducciones al castellano de los relojes digitales…

Tras proceder a la apertura del envoltorio plateado aparece otro, que conserva al vacío su interior comestible. ¡Emoción! Lo rasgamos y aparece un extremo del ala, que procedemos a olisquear con fervor. Nos invade en primera instancia un poderoso aroma a pollo a l’ast que en realidad oculta en sus matices un olor más sutil e insidioso: pato, sin duda. Extraemos el preciado contenido, y lo mordisqueamos. Es difícil describir la ingestión, pero es crujiente y muy sabrosa. Para los no iniciados, diremos que el sabor se asemeja a las lenguas de pato secas, plato típico chino que se toma como aperitivo antes de las comidas.

¿Y qué más podemos decir sobre el salami chino? Pruébenlo, vale la pena. Los supermercados chinos nos dan la oportunidad de experimentar nuevas sensaciones, nuevos horizones, y lo más importante, nuevos tipos de salami. Nosotros lo hemos acompañado con galletas de arroz chinas y cacahuetes indonesios con sabor a café, aparte de las obligatorias cervezas, claro.

Más información en http://www.salami.com.cn (por cierto, que aquí dicen que todos sus productos se venden en expositores exclusivos, y eso no es así)

Pokka Milk Coffee

Aloha, yokozunitas blanditos y geishas suaves. Como habrán visto la Navidad ha invadido súbita y repentinamente este ciber-rincón de Amor. La verdad es que no podiamos desaprovechar la oportunidad que nos brinda el momento más horrista del año para acercarles hasta sus hogares la magnificencia del gif animado navideño. Pero… esperen un momento, que nos dispersamos, y lo que veniamos a contarles hoy es horrible, sí, pero no tiene nada que ver con la Navidad. Porque amiguitos, en este lunes de puente transcontinental llega a sus pantallas una nueva y resbaladiza entrega de Semos lo que Comemos. Los fascículos alimenticios que acabaran evolucionando a úlcera gástrica.

Real Brewed
Paseábamos el otro día sus webmasters preferidos por los intrincados y lisérgicos pasadizos creados entre las estanterias de nuestro Supermercado Oriental favorito, cuando de repente, como si de una aparición mariana se tratase, un objeto brillante e inexplicablemente hermoso, se mostró ante nosotros como una joya refulgente y dorada: Pokka Milk Coffe, el café con leche enlatado.
Promocionado en la lata como Cafe au Lait y decorada ésta con una encantadora y mesmérica cara que recuerda poderosamente a una mixtura entre un oficinista de tiempos pretéritos y Tony Rominger. De hecho, si no se fijase uno con atención, bien podría confundirse el recipiente con alguna marca de cerveza de importación truculenta, de estas tan prestigiosas que se ven en las estanterías del LIDL.
Así que, una vez con el brebaje en nuestras manos, con su suave y resplandeciente superficie metálica, perdimos nuestro rumbo mental en una insondable dicotomía: ¿tal engendrito de la ciencia pseudoalimenticia debía ser ingerido a la típica temperatura del café con leche o a la temperatura del refresco que nos sugería su enlatado envase? Decidimos optar por anestesiar nuestros sentidos y meter el extraño líquido en la nevera antes de consumirlo.

Just give me coffee
Miren, no vamos a andarnos con rodeos. Nosotros teniamos miedo de abrir la dichosa latita, mucho miedo. Este sentimiento no hizo mas que confirmarse cuando al estirar de la anilla abridora oimos claramente el paradigmático sonido de una Coca Cola ¿Acaso nos encontrabamos ante la turbadora presencia de un cafe con leche con gas? Pues veran, no. Nos encontrabamos ante una pócima de color marrón muy oscuro, un tono que evocaba poderosamente al majestuoso roble humedo en un tarde de otoño (je), pero que sería mas propio de un chocolate a la taza que de un cafe con leche. El olor, dulce, muy dulce era sin lugar a dudas causado por la misma combinación de colorantes y conservantes que se usan para elaborar los caramelos de la Viuda de Solano. Ah, ¿el sabor?… pues básicamente podriamos describirlo como la esencia que desprenden en nuestras papilas gustativas la exquisita mezcla del agua con azúcar con un toque de partículas flotantes de leche. Esto que les describimos de “partículas lácteas flotantes” no es casual, pues en el envase de Pokka Milk Coffee nos advierte que la posible presencia de dichos corpúsculos no es óbice para la altísima calidad del producto (sic). Unas horas después de la degustación nuestros cuerpos siguen bastante integros, pero si dudan entre una lata fria y deshumanizada, como recomienda el Kamarada Otsirc, o una humeante y espumosa taza de cafe con leche, nosotros les recomendamos que bajen al bar de la esquina y se tomen uno bien cargadito y calentito a nuestra salud. Café…

Fruty, la fruta de bolsillo

Amiguitos. Amiguitas. Desde lo más profundo del amor llega hasta ustedes una nueva y traumática entrega de Semos lo que Comemos. Esa sección que les trastoca el tracto digestivo tanto o más que el Lametón Negro. Un nuevo fascículo de nuestra autóctona y autoinflingida tortura gástrica que, aventuramos, nos servirá tanto para deleitarles el paladar como para instruirles en el intrincado mundo de la física clasica.
Y es que lo que les ofrecemos hoy no es una golosina cualquiera, una pequeña fruslería con la que pasar el rato, no. Les traemos un engendro pernicioso que solo puede ser fruto de una sociedad desahuciada y abocada a una merecida extinción. La fruta pervertida hasta el extremo más delirante: Fruty, la fruta de bolsillo.

La caja de Pandora
Sí, la fruta de bolsillo, empezamos mal. Porque si excluimos melones, sandias, calabazas y algún que otro albaricoque a punto de estallar a causa de su madurez, todas las frutas son de bolsillo. Se pueden llevar de un sitio a otro facilmente. Pero claro, no vienen masticaditas y embolsadas como el nuevo producto de Juver. Si conceptualemente el producto ya tiene delito, la materialización del mismo es aberrante. En primer lugar y atendiendo a su presentación les diremos que los Frutys, como las desgracias, nunca vienen sólos, sino que se presentan en packs de cuatro (4) unidades; como si en vez de pseudofruta se tratase de cerveza. Un exceso innecesario, una maniobra sucia y mercantilista que nos hace sospechar que Juver quiere ante todo nuestro dinero. Sobretodo, porque se hace difícil creer que después de probar un Fruty le queden ganas a uno de comerse otro.
En esta ocasión y sin que sirva de precedente, optamos por la sobriedad y adquirimos la modalidad de manzana, teniendo en cuenta que también las hay de fresa o albaricoque nuestra temeridad gástrica (aunque parezca mentira) tiene un límite. Cada unidad de Fruty viene en una bolsita de esas de aluminio raruno que puedes estrujar y sobar hasta la saciedad, como un adminículo antiestrés o… como una polla, vamos. Su única abertura al exterior es una boquilla de plástico para succionar el contenido, similar a una bolsa de trasfusión sanguínea o… um, o… bueno, una polla, sí.
En el momento en que hicimos girar el taponcito hasta abrirlo, un intenso olor almizclado y ácido nos envenenó la pituitaria, como si de repente se hubieran materializado ante nuestros ojos mil quinientas (1500) manzanitas verdes de gominola, de esas que le dejan a uno la mano llena de polvo radioactivo y el paladar salivando (o llorando) durante horas. El olor era inquietante pero el verdadero horror llegó con la visión y , más aún, con la cata del contenido. Al presionar suavemente la bolsita, un puré de consistencia paranormal y del color marronáceo propio de los excrementos de un bebé con gastroenteritis, salió expulsado en forma de gotarrones de repulsión reconcentrada. A pesar de esta grotesca y devastadora imagen, nos armamos de valor y decidimos probarlo. Sí, a veces el Amor nos conduce a hacer locuras.
Desde aquí queremos advertirles de estos hechos para que ustedes, mucho más racionales que nosotros, no lleven a cabo tal acto de inconsciencia. No queremos que sientan nunca como esa compota babosa y caliente, llena de extraños matices, aglutinadora de texturas desconocidas en los universos cercanos, pegajosa y resbaladiza a la vez, penetra en su casta boca (¿?). Es una experiencia demasiado traumática, ya no sólo por lo marciano del sabor, sino por el grumo, señores, el grumo. Esa consitencia icntínea no es de este mundo, ese plasma frutal sólo se puede llegar a conseguir mediente tretas oscuras aplicadas a excedentes de manzana que ni los cerdos han querido como merienda. Avisados quedan.

The children just wanna have fun
Pero, ay, amiguitos. Juver, con esta basurilla disfrazada de complemento ideal para la dieta de cualquier retoño, nos pone también al alcance de la mano una herramienta de diversión y jolgorio. Imagínense por un momento que su consumista mamá decide que su almuerzo será una bonita bolsa de fruta plasmática: a partir de ese momento, usted podría convertirse en el pardillo de la clase, en el niño colleja que soporta estoicamente la humillación de consumir la fruta del futuro y al cabo de unos años se suicida para regocijo de los telediarios nacionales. Pero esa no es la actitud, no, debemos mirar más allá y ver como Fruty nos puede servir para ser los semi-dioses del recreo. Los putos amos, los reyes del vacile.
Es en este párrafo (en éste) en el que cogemos la vara del maestro para enseñarles que, como sabiamente instruye el dicho popular, en el agujero pequeño está la buena confitura. Los niños, que no son tontos del todo aunque lo aparenten, aprenden rápida e intuitivamente las leyes de la física clásica y mecánica de fluidos en lo que respecta a una magnitud escalar de efectos empíricos obvios: el flujo. Como ustedes, lectores eméritos y aficionados a la ciencia donde los haya, ya sabrán, el flujo es la cantidad de materia que atraviesa una determinada superficie imaginaria por unidad de tiempo. En la circulación de un fluido por un conducto, el flujo se mantiene constante en todo el trayecto de éste… por lo que un ensanchamiento del cauce de un río implica necesariamente un descenso de la velocidad del agua. Al contrario, si ustedes aplican una fuerza al extremo flexible del Fruty, la velocidad de la papilla en el interior del paquete aumenta dramáticamente al salir por el estrechísimo orificio de la boquilla. Pueden ver un simpático esquema de lo que estamos hablando en el hermosísimo GIF animado con píxeles incluidos que hemos elaborado especialmente para los niños que no saben leer chachi.

Para realizar una experiencia empírica de cuál podría llegar a ser el resultado, cogimos a una persona de peso similar al de un infante (50 Kg de Amanda) y la lanzamos desde una altura equivalente a un salto moderado: medio metro (1/2 m.). El resultado es un experimento feo cuyo ejemplo no deben seguir las niñas y niños que nos leen, porque tirar comida es un pecado muy gordo y cada vez que un niño tira un bocadillo Dios trae una paloma al mundo. Sin embargo debemos confesar que el lanzamiento de Fruty, además de ser un éxito, fue una experiencia de jocosidad elevada de resultado sorprendente: impelidos por una energía de unos doscientos cincuenta Joules (250 J), los noventa (90) gramos de Fruty sobrepasaron con creces los cuatro (4) metros que habiamos previsto en nuestros cálculos, más allá de la acribillada barandilla y precipitándose en un abismo insondable. Pinchen en la foto de los zapatos voladores de Amanda para ver el resultado.


Ya lo dice Juver en su publicidad, la fruta que además de alimentar, te divierte. Que tengan buen vuelo, amiguitos.

Cotton Candy

Hola hola hola hola, muchachada, después de una larga temporada de alimentación sana, equilibrada y purificadora a base de caldo de apio y yogures con fibra, vuelven las Críticas de Mierda. Y vuelven pisando fuerte, como el célebre cantante moja-bragas, con todos ustedes:

Semos lo que comemos, especial la Feria en Casa
La estupenda mierdelicia que les mostramos hoy tiene ya un origen truculento, pues está fabricada en Indonesia del tercer (3er) mundo por una empresa del “pais”-banco Suiza y se distribuye mayormente por el mundo árabe. Este periplo por la geografía mundial tiene sin duda una carga poética que se corresponde de forma muy adecuada con el origen nómada del producto, endémico prácticamente de las ferias ambulantes y otros mercachifles y ganapanes a los que el sedentarismo les produce urticarias.
Para que se puedan imaginar el alborozo que nos provocó encontrar casualmente este producto, les confesaremos que teniamos otro S.L.Q.C. en la recámara y apunto de servir pero que tuvimos que relegar ante la magnificencia, ante la esquisita perversión alimentaria que supone el algodón de azúcar empaquetado: Cotton Candy Strawberry Flavour. ¡Qué maravilla, qué cosa! Nada más adquirirlo, tentados ya por su rosado aspecto y por las promesas de suavidad que nos susurraba lascivamente el envase, estuvimos dos (2) dias con sus respectivas noches postrados ante la plástica luminosidad que emanaba el paquetito. Sin atreverlos siquiera a mancillarlo con nuestras embrutecidas manos, también sea dicho de paso que nos daba miedo lo que pudiese salir de ahí dentro.

Super Soft & Sweet

Pero, ay, amiguitos, cuando por fin lo abrimos una edulcorada nube de amor a invadió el hogar del Amor dejándonos presos de su dulzura. No les vamos a engañar, las expectativas que teniamos al respecto eran escasas y casi diriamos que tirando a nulas. Sin embargo, al coger con nuestros deditos la suave maraña de algodón pegajoso y llevárnoslo, no sin cierto temor, a la boca pudimos comprobar con asombro que nuestra adquisición era una fidedigna reproducción del palito azucarado y estufado que se puede encontrar en cualquier chiringuito de feria rural.
El empalagoso sabor a arrope, la adhesiva consistencia, el dulzón olor casi almizcleño, los cristales de azucar esparcidos aleatoriamente como gotas de rocio en un almendro recién amanecido; todo ello evocaba con gran fuerza lírica el recuerdo del algodón de azúcar de nuestra infancia. Todo excepto el color. ¿No les parece curioso que en un mundo tan dado a mezclas de colorantes sintéticos, como es el de los dulces industriales, el único detalle que le falte a este producto para ser una imitación perfecta sean unos micromoles de E-124?
Dejando de lado este ínfimo detalle, Cotton Candy es además de una fantástica golosina, un divertido entretenimiento para los amantes de la escatología de baja intensidad; es decir: revolcarse por y con las comidas. A continuación, je je, podrán ver unas divertidas instantáneas de algunas de las paridas que se pueden materializar cuando juntan ustedes a dos (2) webmasters amorosos, un paquete de Cotton Candy y un cuarto (1/4) de hora de tiempo libre. La feria en casa, como les anunciábamos.

Porno-imágenes suaves y blanditas de Amanda y Casimiro

Donut azul + Coolatta de kiwi

Hola, hola pitufines. Hoy venimos a contarles que Internet no es tan malo com les dicen sus papas y sus mamas. Que Satanás no esta detrás de cada una de las URLs que teclean a diario y que no todas las citas a través de mail tienen que acabar en una cena antropofágica. A nosotros, por ejemplo, internet nos ha servido, y nos sirve día a día, para conocer a gente bonita y rara. Y no sólo para conocerlos y manifestarnos con ellos, ¡no! También para ir a merendar y perpetrar conjuntamente una cromática y divertida entrega de Semos lo que Comemos.
Si, amiguitos, este sábado por la tarde nos fuimos de merendola con Jake y nuestros pasos acabaron conduciéndonos a una franquicia azucarada de la que poco hemos por estos lares, Dunkin´Donuts. Como en esta ocasión eramos más de dos (2) los posibles catadores, decidimos que repartiriamos el trabajo: Don Jake el donut y Casimiro y Amanda la bebida. Así que ahí o tienen, perpetrado a medias, Donut azul + Coolatta de kiwi. Dos conceptos que nunca debieron mezclarse.

Donut de pitufo por Jake
Si uno quiere analizar las comidas con las que nos embrutecemos todos y cada uno de nosotros, no podemos marginar el arco iris híper calórico del Dunkin´Donuts, centro del rosquilleo mundial. La Meca policial por excelencia. El santuario del ‘homerismo’ absoluto.
A simple vista, la diferencia entre un donut estándar y el donut azul especial es casi ninguno. Ambos tienen el mismo tamaño de apróximadamente la palma de una mano y un grosor de unos tres (3) dedos y un creativo y extraño agujero en el centro del rosco. La diferencia está que uno tiene unos trozos de azúcar lamidos y posteriormente solidificados por toda la superfície de producto, mientras que el otro tiene una capa azulosa.El tacto de esa cosa azulada es un poquito pastosa. Y sin lugar a duda es azúcar coloreado. Es decir, que además de que el donut es una fuente inagotable de calorías, es además colorante y conservante.El problema viene al ser de color azul. El hecho en sí es antinatural, loque produce que sea poco amigable a la vista. No se puede asociar ningún sabor ni olor a una cosa azul porque no hay nada natural azul que hayamos probado antes. Al mordisquearlo no hay casi diferencias. El sabor del donut es el mismo. Es simplemente donut. Y la cosa azul es algo dulce. Muy dulce. Con un regusto a anís. Pero es casi imperceptible.
En definitiva, una guarrada, como todas las demás. Asquerosa, como todas las demás. Si te gustan los donuts te gustarán y si no, en fin, no.

Coolatta de kiwi por Casimiro y Amanda
Así, con ese nombre tan molón y tan italianizante, lo que viene a ofertarnos el emporio del Donut no es más que un granizado de kiwi. De kiwi verde, verdisimo. No puede ser más verde. Porque si algo llama la atención del brebaje es el iriciscente y casi fosforito color verde que tiene.
El sabor es asombrosamente a kiwi y como está fresquito y el hielo está muy uniformemente batido pues te lo tomas en un pis-pas y te quedas la mar de feliz. Vamos que está bueno y hasta tiene semillitas de kiwi flotando dentro del vaso.
Pero amorosos, el hecho de estar bueno no quita que sea altamente sospechoso. Lejos de proceder de esos tanques de granizado tan característicos de horchaterias y heladerias patrias, cuando nos pedimos nuestro coolatta, el empleado del Dunkin, extrae el líquido verde de un bote blanco con inquietante aspecto de bote de barniz, llena el vaso hasta la mitad y añade hielo picado. Y lo sirven con una sonrisa en los labios.
Pensamiento del día: desconfíen de la gente que sonríe mientras le sirven un brebaje verde y espumoso.

SEMEN LO QUE COMEMOS: Albóndigas en salsa de lefa

¡Hola, amiguitos de lo ignoto!
El otro día cené con unos amigos de la industria del porno, y me sorprendieron con este suculento segundo plato. Según me contaron, el secreto está en freir poco las albóndigas, para no reducir el sabor de la lefa. Si la eyaculación es pobre, se puede batir el semen con crema agria. La salsa no hay que servirla muy caliente, porque hay peligro de matar los espermatozoides y se puede llegar a cortar el esperma.
Lo primero que resalta del plato es la viscosidad de la salsa. Si se parte cada albóndiga en semicírculos más o menos idénticos, un hilo de salsa ondeará de la carne, bailando el pulso del comensal.
El sabor no es en sí desagradable. Lo que lo es un poco más es la inmiscibilidad de salsa y carne. Puede llegar a parecer que se están masticando dos bolos alimenticios distintos. Pero el sabor que queda en el paladar tras la deglución es ligeramente seco, pasado por un tamiz agridulce.
Nunca me había tragado la lefa de otro, así que no puedo cotejar la frescura del esperma en su presentación final. Sí me he tragado el mío, pero hace tanto tiempo que he olvidado el sabor.
No es aconsejable mojar pan en la salsa, ya que la pasta resultante tampoco llega a ser completamente homogénea. Lo más indicado puede ser servir la salsa aparte, y mojar en ella las albóndigas.
Eso sí, no quiero ni imaginar cómo la tiene que salir este plato a Peter North.

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