Bienvenidos a la bitácora del disparate, amiguitas y amiguitos de fresa, venimos a anunciarles lo que a priori ya podrían pensar cualquiera de ustedes: que Ben Affleck es un gafe acabado. Sí, sí, como lo leen, no conformándose con ser más conocido por su peluquín que por la gloria de sus actuaciones, resulta que la primera (1ª) película que se ha decidido a dirigir el pobre hombre incurre en notables coincidencias con el lamentable caso de la desaparición mediática por excelencia. Y no sólo por la cercanía en el infinito del espacio y el tiempo sino también tanto por aspectos del guión, una niña de cuatro (4) años secuestrada a principios del verano, como por el colmo de mala suerte, ya que la niña-actriz que encarna a la pobre víctima responde al bonito nombre de Madeleine.
¿Pero a quién podemos engañar? ¡Ben Affleck nos importa un pimiento! Únicamente lo hemos utilizado para introducir en estas líneas nuestra última obsesión informativa: estamos enganchados al culebrón Maddie MacCann, confesamos. Es que lo tiene todo, oigan, TODO. Ustedes, eméritos lectores, se sientan a una mesa a escribir un guión para un telfilme de Antena Tres (3), sobremesa de domingo, y no les sale tan bien y tan interesante. Primero (1º) de todo porque no les darían presupuesto para sacar a una niña tan guapa y tan rubia como Maddie, segundo (2º) porque la escena de la visita al Papa les hubiese quedado regulera tirando a mal (a no ser que recurriesen a Ian McDiarmid, elevando el coste) y tercero (3º) porque no se lo hubiesen imaginado ni en eones de espera de musas, hostias ya.
Los médicos confían en el cuerpo
Todas ustedes conocen al dedillo los detalles y los intríngulis de la abducción de la preciosa niñita inglesa en tierras menos ricas pero más bellas y soleadas del sur, a no ser que sean ustedes unos somordos de tomo y lomo. No ha sido poca, sino mucha, la brasa que han dado en todas las cadenas de televisión y radio de Occidente durante estos últimos meses relacionada con la desapareción de Maddie. Al principio colaborando con la ardua carga de unos padres ideales para los estándares de los bienpensantes: ambos médicos, rubios, guapos, limpios, sajones, católicos, de posición económica y social acomodada y con niña rubia y gemelos; un núcleo familiar digno de salir en todos los banners publicitarios de Hazte Oir. Difundiendo a diestro y siniestro el rostro de la nívea niña virginal, organizando gimcanas recaudatorias, cubriendo la visita al infalible Santo Padre y solidarizándose en general en la búsqueda de la chiquilla. Se decía, por aquel lejano entonces, que Maddie había sido secuestrada por un sigiloso e irrastreable pedarasta ninja o por un traficante de órganos oriental (y ninja), y aquí y acullá aparecían decenas de personas que juraban sobre las sagradas escrituras que habían visto a la niña del iris virue en una extensión que cubría de Vladivostok al Peloponeso, pasando por Marruecos, acompañada siempre por un señor de piel cetrina que la invitaba a coca-colas y la ocultaba misteriosamente.
Ahora, pasados los interrogatorios, ya contemplamos la decadencia inevitable del caso Madeleine. Los padres han descendido al infierno de la culpabilidad atribuida por la masa ciega y necia; esto es, los periódicos ingleses también llamados tabloides. Según la nueva tendencia de la investigación mundana o especulación a secas, la culpa es de los padres, que las drogan como putas; en concreto sería de la madre, que estaría hasta los mismisimos de la revoltosa niña y consumida por una secreta envidia subconsciente hacia la belleza infantil de su retoño femenino sedó a la inocente criatura con sedantes somniferos. Pero en lugar de llevarla a los brazos de Morfeo la condujo directamente a los de Tánatos. Y ahí se habría acabado la historia de Maddie MacCann, al menos la de su alma inmortal en este mundo, porque sus restos aún habrían guiado a la policía portugesa y a los perros ingleses hacía la luz entre las laberínticas telarañas urdidas en torno a los MacCann.
Un paso atrás
Pero lo que nos interesa a nosotros no es este punto de la historia, así que volvamos a unos cuantos días atrás, mucho antes de que los MacCann hubiesen contratado a los abogados de Pinochet para su defensa y al exdirector de News of the World como asesor de su campaña de imagen. El instante en que los padres ideales eran Dios en la tierra para miles y miles de personas que depositaron su fe y su esperanza en ellos, en la figura de la hija perdida como símbolo del dolor humano, ha quedado como fotograma congelado en los centenares o miles de sitios web que se han dedicado a la niña. Éstos, zelotes de la nueva religión de la Verdad y la Inocencia, defienden como una sola voz la inocencia de la pareja inglesa armados con poderosas herramientas de retoque infográfico, cancioncillas y sobre todo mucho MySpace. La red social de basura multiétnica se ha abrazado al nuevo evangelio de la Salvación a través de Maddie como mendigo a chusco de pan, generando un entramado de espacios creados ad hoc que ríase usted de Eliansito-el-niño-balsero. A parte de la web oficial, regida por el supuesto padre, hay un millar de MySpace’s cuya finalidad no acabamos de entender muy bien. ¿Pretenden dar más visibilidad a la foto de la niña? ¿Más aún? ¿Pretenden mostrar su apoyo a la familia con su insignificante y anónima contribución? Lo de la visibilidad gana enteros cuando uno visita semejantes engendros del diseño doméstico, terrible calificativo teniendo en cuenta que quienes lo emiten escriben desde una página rosa con corazoncitos. Para variar, vamos a sustentar nuestra descalificación en hechos palpables. Esto es, vamos a apuntarles algunos enlaces para que puedan corroborar que páginas como ésta o incluso ésta requieren un esfuerzo positivo y nada despreciable para llegar a tal barroquismo heterogéneo y caótico. Reservamos para el final del párrafo nuestra favorito cuyo título Songs for Madeleine describe a la perfección su contenido. Nuestra favorita es “Where’s Madeleine”, ¡qué coros! ¡Qué entonación!
Para terminar, hay algo que nos perturba y nos inquieta: cuando los padres sean juzgados y declarados culpables (porque nosotros no tenemos ninguna duda y los señalamos con nuestros respectivos dedos de alabastro y oligisto) ¿qué sucedera con todos estos seres humanos? La respuesta a esta pregunta es fácil de intuir si uno especula coherentemente con el comportamiento humano frente a los shocks globales: a Kennedy lo mató una enrevesada trama en la que se mezclaban servicios secretos y traficantes cubanos, Elvis vive, McCartney está muerto, a Kurt lo mató Courtney Love durante un trance hipnótico inducido por David Geffen, el 11-S fue un complot sionista para inculpar al mundo árabe del mayor atentado terrorista con el objeto de tener una excusa para usar la bomba nuclear (atómica es un término ambiguo e incorrecto) y… bueno, ya ven por donde van los tiros.

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