Holitas, mazapanes y lionesas de la red. El ladrillo que hoy nos ocupa está dedicado a un tema que en un principio no iba a ocupar más allá de las dos (2) líneas escasas que le dedicamos a cada una de nuestras entradas de la popular categoría Tú antes molabas, en la que desvergonzadamente lapidamos conceptualmente entidades que antaño hicieron las delicias de niños y adultos. El antibaúl de los recuerdos, vamos. Sin embargo nos dimos cuenta enseguida de que los entresijos de nuestro objeto de estudio quedarían injustamente obviados en la obligatoria brevedad que implicaría haberlo publicado en la sección de Lametones de Amor ya mencionada. Y es que el caleidoscopio de sensaciones que podemos conocer en los cybers no es baladí.
Ya el propio palabro que nomina los lugares a los que nos referimos ha sufrido una degeneración y una readaptación que rianse ustedes de las mutaciones de Peter Parker. Años ha, cuando esto del internet era para los españoles una cosa anecdótica, diríase exótica, reducida como mucho a chatear con cuatro (4) gatos, a visitar la página de la NASA o a poner el nombre de uno en el buscador de Terra, alguien importó un concepto extranjero que se aventuraba triunfador en la piel de toro. Hipotéticamente, si uno une la pasión que tienen todos los españoles por los bares y lugares de esparcimiento con bebidas alcoholicas con la pujante y prometedora afición que ya apuntábamos habitantes de esta sagrada tierra a eso del enfollonar por los foros y chats, el producto resultante es un uno (1) fijo en la quiniela de los negocios, una mena de metal precioso en un mar de estiércol, un blanco al que no se puede errar; más aún cuando ya se juega con un caballo ganador allende los Pirineos y el Atlántico: los cyber-cafés.
A día de hoy no debe quedar ni uno de esos locales, en los que se fusionaba la tecnología con la restauración. Pregúntense por qué, aunque a nuestro parecer hay varios factores muy evidentes que lograron obrar el milagro inverso del rey Midas, conviertieron en mierda el oro. En primer lugar, que España iba bien, agarrada como estaba a la bonanza económica internacional y confiando en las nuevas tecnologías; los ciudadanos respondimos a este llamamiento de la ciencia como mejor se podía esperar de nosotros: comprando aparatos monstruosos para grabarse CD’s, bajarse todos los archivos que se pusiesen a tiro de Napster, Soulseek, Kazaa y ver fotos de guarras en pelotas. Como pueden ustedes pensar, estos usos de la computadora están estricatamente limitados al ámbito doméstico so pena de quedar como un marginado social, un pervertido y/o un tonto del culo. En segundo lugar, y a nuestro juicio tan importante como el primero, fue el enfoque hippiesco-vegano-alternativo que se les dio a los cyber-cafés como regla general. En lugar de encontrarse con carajillos, puros, quintos y tapazas de oreja y callos, el consumidor caía en un estado de profunda confusión al encontrar sus sustancias alimento-lúdicas habituales sustituidas por cafés exóticos, incienso, zumos orgánicos y bocatas de aguacate y pechuga de pavo gratinada a la esencia de sándalo y azahar. El resultado no ha sido otro que el que vivimos en el presente, el concepto de cyber-café se ha quedado mutilado simplemente a cyber. En el mejor de los casos, claro, porque actulamente lo más común es que hayan pasado a ser algo mucho peor: locutorios. ¡LOCUTORIOS!
Una hora (1h), un euro (1ecu)
Sí, amiguitos, esa es la cruda realidad. Antes, en los tiempos del internet embrionario, uno, recostado delante de la pantalla del ciber, podia sentirse un tipo chachi, rodeado de otros tipos chachis que estaban a la última en tecnologias chachis. Pero ahora es difícil conseguir ese grado de autocomplacencia, porque ahora no estamos en un sitio chachi. Y lo que es aún peor, estamos ahí por necesidad, convertidos en yonkis de una conexión, en drogadizos del messenger o en adictos del myspace del horror. Y la condición de yonki no es buena, porque le convierte a uno en una persona poco exigente y descuidada en sus costumbres. Si no fuera por eso, ¿quién toleraria las condiciones técnico-higiénico-ambientales que se dan en la actualidad en los locutorios-cibers que llenan sus barrios?
No podemos hablar del ciber-locutorio, así sin más, sin hacer primero una diferenciación básica. Nuestras ciudades están salpicadas básicamente por dos (2) tipos de establecimientos de esta índole: el regentado por sudamericanos y el regentado por árabes. No tenemos por el momento conocimento de ningún sudamericano súbdito de Alá, con lo cual de momento no entraremos en combinaciones posibles de ambas categorias. Se podría hacer una diferenciación estricta de ambos especímenes, aunque a la hora de la verdad ambos comparten más similitudes que diferencias; tal vez los telecoárabes tengan ordenadores más fiables (aunque no mucho más) como regla general, a cambio de un nulo conocimiento del idioma castellano.
La otra diferencia, ésta más evidente, es la calidad humana del encargado del local. No nos referimos sólo a la etnia de procedencia genética, mandrulos, sigan leyendo. En el caso de los locutorios latinos éstos suelen ser hombres o mujeres tirando a grueso, con una cara de sueño y aburrimiento que mata de pena y de hacer profesional lento, muy lento siempre. En el hipotético caso de que algo no funcione correctamente, no se les ocurra pedirles nada por nada del mundo, porque a esta lentitud se le añade una pesadez extrema que raya el servilismo, amén de una inusitada tendencia a invadir nuestra segrada y amplia burbuja vital occidental. Por otra parte, los cyber-pakis suelen estar atendidos por hombres, de hirsuto labio superior, mirada hosca, somordez inaudita, cuya actitud abarca un amplio abanico que va de marcadamente hostil a amenazadora leve.
Cintas de Bollywood y Reguetón
Ahora bien, las piezas comunes a ambas tipologías de nuestro sujeto de estudio podemos encontrarlas antes de entrar en estos locales. Empezando por el cartel, que por regla sindical o metafísica está obligado a rezar toda una retahila de porductos que nos ofrecen amablemente: Locutorio Internet Fax Envíos. Redundantemente y por si no nos ha quedado claro a que se dedican en el local, pegados a la puerta de entrada (en el caso de que la haya) o aglutinados en torno a la entrada aparecen indefectiblemente millares de folios imprimidos con las diferentes tarifas y paises en vías de desarrollo. Tal que: Ecuador-0.12, Colombia-0.14, Brasil-0.18, Rumania-0.16, España-0.21, Kazajistán-0.24… y así un colorido mosaico de pobreza humana. Después uno cruza el umbral y se encuentra siempre con una sorpresa, porque pese a las cristaleras nunca se puede llegar a vislumbrar el interior de un cyber sin haber pisado su mancillado embaldosado. Sea por la telaraña de incomprensibles rótulos o por la roña que a enraizado entre los átomos de silicio de los vidrios, la verdad está ahí dentro, empírica hasta abrir la puerta al averno. Sólo con fijarse en el grado de inmundicia que se arremolina alrededor del mostrador, que puede ir de moderadamente sucio a pegajoso extreme, se da cuenta si uno se ha metido en una trampa para ratones o en una granja de ácaros a secas.
Llega el momento de dirigirse al individuo que comanda el local, normalmente para pedirle que habilite un ordenador para nuestra humilde y aterida persona. Sin embargo, otra aventura diferente y que merece la pena señalar es la de realizar una llamada desde uno de esos armarios infrahumanos, normalmente equipados con una luz Guantanamera y un ventilador de los veinte (20) duros, viejo y malo, a la vez que se indefectiblemente se oyen como un estruendo los gritos de algún cliente que parece querer hacerse oir sin aprovechar las maravillas del invento de Graham Bell. Una vez pagada la conexión a la yonkired (porque si está usted en un cyber o bien es adicto, estudiante pobre o está aprovechando las redes de “amigos” lejos del calor de su legítimo hogar) podrá apreciar usted una serie de mensajes de aviso y error, que suelen empezar con el típico “El sistema se ha recuperado de un error grave” y derivan a “Tiene usted iconos sin utilizar”, “Hay actualizaciones pendientes para instalar” y una serie variable de putadillas típicas de los millares de gusanos y ad-wares que han encontrado su morada en la ROM de su equipo. Mientras se inicia el maltrecho sistema operativo puede dedicarle usted unos segundos largos a examinar la decoración de la sala, que suele abundar en fotos de artistas Bollywood, artículos horristas del chino, desconchados, una planta maltrecha y manchas de insospechada procendencia, probablemente fluidos corporales (vulgo: sangre). La mente despierta y observadora podrá reparar también en que el teclado, monitor y ratón don de cuarta (4ª) mano y que tras haber pasado por las manos de cientos de usuarios tienen diferentes capas de estratos de mierda petrificada.
Finalmente, tras ésos breves momentos ya tiene usted su dosis, aunque es posible que cuanto menos se lo espere el navegador se cuelgue, que tenga que instalar todos los plugins habidos y por haber y que se vea envuelto en vicisitudes de todos los colores de los grandes relatos. Si no ha pagado su ecu por hora aún (en los locutorios cercanos a centros urbanos históricos el precio se dispara llegando a alcanzar el euro ochenta (1.80€) por hora), no se olvide de hacerlo a la salida, so pena de persecución implacable y abroncamiento público y/o muerte.

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No nos queremos despedir en el día de hoy sin señalarles que no hemos omitido la existencia de los macro-cybers tipo Easy Everything por desconocimiento o por despiste, sino porque con éstos basta decir que a las peores cualidades de los ya detallados se une la maldad implicita de las multinacionales, que tienen más carteristas y despisteros que clientes, que son más caros, y además se le resta el glamour de lo exótico. Sacre diable!
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