26
Enero
2006
Y la línea se empieza a difuminar
Hola, niñas y ñoñis, hola. ¿Cómo están, muchachada? Bien, bien, nos alegra oir eso… nos van a perdonar las confianzas y también esperamos nos permitan explicarles un breve suceso del día de ayer, acontecido en nuestro momento de recogimiento personal y humano. Sí, el café de media mañana. No se crean que es un relato gratuito, hay un motivo detrás de él que nos obliga en cierta forma a contárselo y no sólo a modo de anécdota.
Pues verán, estábamos en un momento de contemplación espiritual suprema, a punto de alcanzar el Tao en toda su magnitud y contemplando el esplendor de las musarañas en una bucólica cafetería de estudiantes de esos de la universidad. Haciendo nada, hablando entre bostezos, con las legañas cayendo en avalancha sobre la mesa y divagando sobre los excrementos que debían haber puesto en la cafetera para servirnos tamaña birria cafeinica, cuando un desconocido, ¡un extraño!, se acerco a nuestra mesa con sonrisa mellada y extraño atavío de vaqueros con chaqueta de chandal. Esgrimía, aparte de su desagradable mueca de castigada e incompleta dentadura, unos calendarios de la Agrupación de Insuficiencia Renal Crónica que vendía por un módico precio de dos euros (2 €) con vehemente insistencia… que era un pesaito, vamos. Así que, finalmente, accedimos a adquirir un calendario no por querer poseer uno (1) ni por el hecho de colaborar con la noble causa de la donación de órganos sino para comprar nuestra tranquilidad y restablecer nuestra burbuja social que el personajillo había mancillado.
Por la voluntad de un mundo mejor
Qué infamia, ¿verdad, amiguitos? No hay nada peor que uno de esos desconocidos que ignorando todas las convenciones sociales y humanas, penetran en el propio espacio vital y le roban a uno el oxígeno, la dignidad y las ganas de vivir en general. Cabe decir que en la situación que hemos descrito nuestro círculo sagrado era bastante amplio, pues estábamos en los minutos de relax diario post-desayuno y eso deja un estrecho margen para maniobrar sin que le toquen la moral y el espíritu y los órganos reproductores a unos servidores. Pero sin embargo, esta desgraciada coyuntura se da cada día, a cada momento: demonios-humanos del acercamiento penetrando en el espacio íntimo de sus congéneres, apróximando sus rostros a los ajenos en demasía, rompiendo la burbuja en definitiva. Desde Lametones de Amor siempre hemos pensado que el mundo sería un lugar mejor si aceptásemos todos, hombres y mujeres, blancos y negros, como gesto moralmente aceptable el apartar con la mano bien abierta las caras de este tipo de personas invasoras; con suavidad, mas con la firmeza de aquel que se sabe respaldado por la sociedad buena. De nada.
Y ahora, algo completamente igual
Anteriormente, nos habiamos quedado describiendo una situación realmente lamentable, con nosotros comprando nuestro bienestar con unas monedas de plata, humillados, derrotados en nuestra misantropía… ¡ayudando al prójimo, imaginen! Así que habiamos pensado que, con el objeto de sentirnos acompañados en nuestra bajeza espiritual, podiamos compartir con ustedes una versión escaneada del Calendario Maldito. Así podrán ustedes descargarlo en calidad ínfima e imprimirlo para demostrar en el caso de que se les acercasen los amigos de la A.I.R.C. (nunca se sabe) que ustedes ya han contribuido a la causa y expulsarlos con su conjuro de su sagrada burbuja vital. Pinchen ahí abajo, en el corazón para comprobar que, efectivamente, somos unos pardillos… y por cierto, no olviden fijarse en el domicilio en que se halla la sede de los insuficientes renales y otros trasplantados; ideal sin duda alguna. ¿O no?
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¡Ah!, amiguitos, el imperialismo cultural nos lo pone fácil… imaginamos que todos ustedes habrán reconocido en nuestro endémico saludo necio-cursi-del-amor la frase más característica de su protestante con bigote favorito, Ned Flanders. Y si no es así no se preocupen, que pueden seguir leyendo aunque sean ustedes unos ignorantes sin bagaje ni nada: la ignorancia es felicidad, como dicen nuestros amigos iletrados. Pero, aunque parezca una necedad sin sentido, no se vayan a creer ustedes que citar al más pío de los habitantes de Springfield es casual porque este personaje de ficción ilustra a cada aparición un sentimiento muy común en el grueso de los humanos. Sí, efectivamente, estamos hablando del odio primigenio, de la razón de todas las bofetadas de gran calibre a lo largo de la Historia, del radiocasette a toda pastilla y del olor a fritanga en el patio; nos referimos en definitiva al deseo de destruir a nuestros vecinos, salar sus campos y quemar sus casas. Buen rollo, pues.
Trasladémonos a otro archipiélago, unos cuantos miles de kilómetros al suroeste pero sin salir de las fronteras de este bello y diverso estado que es España. Las Canarias, exótico paraje que desde esta atalaya de la cultura y la modernidad, la ciencia y el arte que es Barcelona vemos un poco como la república bananera en casa, llena de gambiteros, mafias de inmigrantes subsaharianos y hoteleros varios*. Obviamente, como hemos apuntado con aterioridad, el odio fraternal y fraticida entre vecinos se extiende aquí a nivel insular llevando su máxima expresión a las relaciones entre las islas de Tenerife y Gran Canaria.
Hola, hola, hola, hola, druguitos virtuales nuestros. Ya lo ven, amiguitos, hemos vuelto como lo suelen hacer los flamencos voladores cuando visitan las saturadas aguas de los estanque ibicencos de Ses Salines: gordos, sonrosados y a mitades de enero. Tras esta lamentabilísima analogía, no sería de extrañar que se estuviesen preguntando ustedes acerca de qué parásito cerebral se debe haber instalado en nuestras meninges para habernos trastocado de tal forma, iniciando nuestro lento regreso con el pie izquierdo de la metáfora innecesaria, burda y tosca cual tertuliana de media tarde. Y tal vez nos acuse alguien de hilar ideas de una forma forzada, pero quizás nuestra inoperancia mental tenga mucho que ver con este último concepto unido a la de la pérfida caja tonta, esa jaula casera que vomita una amplia gama de programación entre el icor nauseabundo y la ambrosía divina indistinta e inopinadamente. Ante tan iridiscente panorama, no es raro que el telespectador mundano se vea sorprendido, inmerso hasta el cuello en un vórtice en el que flotan y giran sin cesar tanto diamantes como turba en descomposición, y todo ello sin salir de casa y sin siquiera darse cuenta. Así pues, teniedo en cuenta esta breve disertación sobre la crueldad del caos informe televisivo, pregúntense cuántos de ustedes se ven moralmente justificados para señalarnos con el dedo acusador de la culpa cuando les digamos que hemos visionado decenas y decenas de veces el infraconcurso Allá Tú, de la cadena amiga Tele Cinco (5), y que en cierta forma truncada y retorcida nos ha gustado. ¡Hala, a descalificar!

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