¡Unchi!, apreciados lectores. Para empezar con la tonterida de hoy, vamos a acudir a nuestro bien amada Real Academia Española, cuyo lema detergente, pese a que tantas veces se ha ridiculizado, no deja de tener validez: Limpia, fija y da esplendor. Pues bien, consultando la estupendísima y práctica versión electrónica de su diccionario nos encontramos con la siguiente acepción:
- follar (4).
(Quizá der. del lat. follis, fuelle).
Tr. vulg. Practicar el coito U.t.c. intr.
Así de sencillo. Follar es practicar el coito, el acto físico del amor. Por cierto, abandonamos ya la academia, pero no queriamos hacerlo sin antes destacar cuán hermosa es la definición de la palabra amor en el diccionario. El amor se define partiendo de la propia insuficiencia del ser humano y se forja y crece gracias al gregarismo innato en cada uno de nosotros. Por definición biológica, genética, el ser humano está condenado al amor. ¿No les parece hermoso este desesperado e injusto sino? Obligados a amar, sería un bonito y paradójico título para un libro de auto-ayuda. Para mujeres, por supuesto, los hombres tienen otro tipo de lecturas de auto-ayuda.
El amor y su consecuencia lógica, el sexo gratis y fiable, pueden dar lugar a relaciones interpersonales apasionadas y maravillosas. Y ahora es cuando nos toca a nosotros dar explicaciones sobre el porqué de este rollo. Que nosotros sepamos, todos y cada uno de los adjetivos cursis que estamos utilizando bien podrían salir en una novela de Danielle Steel, en la que un fornido coprotagonista al más puro estilo Fabio Lanzoni acabase poseyendo a la descorazonada protagonista a la lumbre del hogar. O en los relatos cerdillos pseudo-reales de la Vale. Pues bien, nosotros, desde este pequeño atrio cybernético, queremos expresar nuestra sincera opinión: la sociedad occidental es decadente y opresiva por culpa de los adjetivos cursis. Y sobre todo de los ponis, los muy hijos de puta.
Paréntesis. La historia estúpida de los ponis.
No vamos a contar nada nuevo si les decimos que toda la sabiduría que se puede atesorar en el mundo actual está encerrada en la serie de animación Los Simpson; es por ello que nos remitimos al episodio Radio Bart en el que a Bart le regalan un radio-transmisor y posteriormente se cae a un pozo. Seguro que lo habrán visto alguna que otra vez en la cadena de los Simpson. En ese episodio podemos ver a Bart y a Milhouse durante unos instantes espiando a Lisa Simpson y a una amiga, departiendo sobre un sueño en el que Lisa compartía su granja de ponis con su ídolo preadolescente descamisado. Todo muy aséptico, muy emocional y sentido; pero aquí es cuando Casimiro salta y se tira de los pelos gruñendo como un perro hidrofóbico en plena crisis adrenalínica y dice: “esto a mí me ha pasado”.
Por si no les habiamos liado bastante, hagamos un pequeño flashback dentro del paréntesis. Casimiro, en aquella breve época en la que se dedicó a los estudios universitarios, tuvo que sufrir una de las experiencias más ambivalentes de su mísera vida. Haciendo gala de una carencia total de cualquier habilidad social más allá del trato con los vecinos, pasó nada menos que nueve (9) meses en un lugar horrible para la gente huraña e introvertida: un colegio mayor. Cuatro cientos (400) semejantes con los que lidiar a diario, la mitad de los cuales eran féminas, por supuesto. Para no aburriles con los detalles sobre la fustración social que azota a Casimiro desde entonces, les resumiremos que llegó a ejercer el peor papel que se le puede asignar a un ser humanos masculino heterosexual. Rianse ustedes de roles degradantes como el de minero de uranio en Siberia o esclavo sexual mutilado en Indonesia frente a la tortura psicológica y humallición auto-inflingida de ser el mejor amigo de las féminas de la célula social cercana. Decenas de fantasías han oido esas grandes orejas peludas, sobre lo fantástico que sería dormir con fulanito o pasar la noche con menganito; gentes a las que don Casimiro conocía de primera mano al ser compañeros de droga y que se caracterizaban, mayormente, por ser unos hijos de la gran puta, mentirosos y egoistas. Y él allí, escuchando con cara de buena persona, a ver si caía algo de las sobras… ains…
Así que tenemos a Lisa Simpson fantaseando con ponis y Lanzonis y Casimiro retorciéndose de odio acumulado; desde entonces no hacemos más que hablar del estilo de vida poni o de alcanzar el estado del Poni, el clímax vital que conduce al Nirvana de la ñoñería estúpida. Imaginamos, porque todo esto no son más que especulaciones, que a dicho momento trascendental se llega cuando la novia (la mujer poni) le dice un sí rotundo en el altar a su aséptico galán de telenovela, que la contempla con ojos de gacela, para después ir a la cama de un hotel al borde de un acantilado y quedarse dormida en su descomunal pecho depilado tras hacer el amor; mientras, en la bahía, una pareja de enamorados se da su primer beso en una barca, suenan violines de fondo, y vuelve a empezar el ciclo mágico del amor.
Te he dicho que Romeo y Julieta no eran de este planeta
Ya desde hace un chorro de años, desde las novelas caballerescas o incluso más, las parejas en el arte popular han dado bastante náusea; desde Tristán e Isolda, pasando por Romeo y Julieta, hasta llegar a los refentes culturales que conoce cualquier ciudadano occidental de hoy en día, léase Julia Roberts y Richard Gere. Centrémonos en la primera (1�) película de las dos (2) que han hecho este par de pájaros: Pretty Woman. Cualquiera de ustedes podría visionar esta cinta ahora mismo y exclamar algo como ‘vaya pedazo de mierda’, ‘me pregunto si la Roberts se traga la lefa con esa pedazo de boca-buzón’ o alguna otra ocurrencia por el estilo. Pues que sepan que la ciudadana media, consumidora habitual de telenovelas de sobremesa, piensa lo siguiente (y esto lo sabemos por una confidencia privada): ‘Si la tía ésta era puta y consigue casarse con Richard Gere, qué no conseguiré yo que pertenezco a un escalafón laboral superior al de la prostitución’. ¡Bravo! Dejen cocer al lento fuego de un desengaño sentimental tras otro y ya tenemos un montón de treintañeras, esperando ilusionadas que un apuesto caballero de pelo cano venga a lomos de su corcel blanco a salvarlas del tedio y la cotidianidad en la que se ven sumidas. Posiblemente mientras esperan a su salvador conozcan un montón de tíos interesantes, algunos hasta sin taras físicas, que serían su pareja ideal y que las harían tremendamente felices pero todos ellos serán rechazados por no ajustarse al prototipo de hombre con el que llevan soñando desde niñas, desde que veían Candy Candy.
Una vez este estado de desesperanza se haya instalado en sus corazones ya no hay vuelta atrás . Se verán irremisiblemte abocadas a caer en los libros de autoayuda escritos por pseudo-psicólogos. Porque no lo duden, Amorosos, Bucay y Coelho están ahí esperando acechantes a sus victimas, aguardando la desdicha ajena para erigirse en Mesias salvadores de nuestras doloridas almas, buscando prosélitos para su causa de entre los más necesitados de cariño, prometiendo de nuevo la granja de ponis.
Estas cosas son las que llevan, por ejemplo, a una amiga nuestra (ejem… conocida) a flirtear con un tipo galante, que conoció tomándose un cortado y al día siguiente le trajo flores al trabajo. La persona en cuestión era un maduro medianamente atractivo, poeta y motorista, bohemio pero salvaje; ideal de poni de muchísimas mujeres, por lo que a nuestra conocida se le hizo el chichi coca-cola. Hay que decir que, tras hablar dos (2) palabras con él y observarle un poco se podía afirmar que era un manta, un vago, un vividor y un juerguista que sólo buscaba un polvo de una noche. Y no nos malinterpreten, esto nos parece totalmente lícito como opción, pero nuestra protagonista (condicionada por Cristal y otras telenovelas) quería un Poni. Y no lo tuvo, por supuesto, ya que una vez hubo mojado el churro se destapó como un cutre y un hortera, ex-drogadicto; anticlímax poni donde los haya. Pero esperen que viene lo peor, porque a la mujer no se le ocurrió otra cosa que fingir el orgasmo para complacerle a él, y acercase durante un breve momento, mientras él la abrazaba complacido y henchido de orgullo, al estado del Poni.
This is the end…
No nos gustaría despedirnos sin antes aclarar una cosa: nostros somos unos apasionados del Amor y lo ejercemos hasta la náusea ajena. Que no se entienda este rollo que les acabamos de soltar como una soflama en contra del romanticismo, sino más bien como una llamada a amarse sin prejuicios y a dejar atrás el lastre impuesto por el estereotipo del Amor de Película.
Y en breve, “El Hombre Ardilla”, para que vean que lo nuestro no es machismo sino misantropía.
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