Franco murió, después de defecar heces en forma de melena, el 20 de noviembre de 1975. Yo tenía poco más de seis años seis años cuando el caudillo tomó la única decisión acertada de su vida. Y no tengo ningún recuerdo de mi niñez: la sociedad bienpensante española, si esas dos palabras fueron juntas alguna vez, se ha encargado de borrar cualquier rastro del tardofranquismo en la gente de mi generación. Nos han robado nuestra niñez.
Todos creemos que la transición duró hasta las primeras elecciones democráticas de España. No es cierto. La transición se alargó hasta el año 1982, cuando se disputó en estos lares el mundial de fútbol, cuando nuestro Naranjito se hizo amigo de los niños de todo el mundo, cuando los comentaristas deportivos de todo el mundo retransmitieron el partido Perú-Camerún desde, como seguramente habrían dicho muchos, ?un pequeño país europeo en el que hasta hace casi nada se vivió el terror y la opresión de una dictadura?. Y al hacer oficial la noticia a la gente de la calle, culminó el gran proceso de nuestra democratización. Y es que ya se sabe, si cae un árbol en medio del bosque y nadie lo ve…
No quieren que recordemos que este era un país sometido, que era un país que arrastraba unos ideales impuestos por un generalillo y no todavía por el dinero, que éste era un país de paredes encaladas y escapulario al pecho, de perdedores y supuestos ganadores. Un país anquilosado en una época feudal en el que a los señores, en vez de cortarles la cabeza, los hemos encumbrado, con el tiempo, a la cima del papel couché, para, destilando mala baba, hacerles la vida imposible con preguntas insustanciales, o, en el mejor de los casos, impertinentes. Por eso se inventaron el Mundial España?82, un bulo para, con pan y circo, hacer olvidar lo que este país seguía arrastrando.
Pero quedábamos los niños. Personillas pequeñas que no prestaríamos atención a tan magna celebración. Para ellos, para nosotros, perpetraron otro hito televisivo que sirvió para borrarnos de la memoria toda la candidez e inocencia que nos iba quedando. Dicho acontecimiento fue Verano azul.
En esa serie, un grupo de matrimonios altos, guapos y españoles ganaban el suficiente dinero como para irse a veranear a Nerja, y hasta allí se encaminaban con sus hijos, que eran los verdaderos protagonistas. Y durante todo un verano vivían unas aventuras que jamás se habrían dado en nuestra niñez tardofranquista: descubrían una cueva en un alarde de espeleología cutre (la Cueva de los ojos de Beatriz), conocían a una pintora lesbiana que les dejaba fumar en su apartamento (-yo no mantengo vicios, jovencita), se solidarizaban con las niñas y sus menstruaciones (-¡que ni el viento la toque!), cuidaban de sus hermanos pequeños (el Tito y el Piraña), y se sobreponían a la muerte del franquismo (-¡¡¡Chanquete ha muerto!!! ¡¡¡Ha muerto Chanquete!!!). Porque Chanquete y Franco eran la misma persona: un venerable anciano con mucha vida a sus espaldas, pero que había perdido su lugar en el mundo. Franco, un viejo militar decrépito que esgrimía su dictadura en medio de una Europa democrática. Chanquete, un viejo cascarrabias que no había conseguido adaptarse a los nuevos tiempos y vivía en su barco encallado en medio de una huerta, en tierra firme, regalando chucherías y fruslerías a los niños que crecían embelesados por su supuesta sabiduría de tasca. Y todos los arquetipos de niños españoles caían rendidos ante su verbo diarreico: Pancho, el español paleto; Beatriz, la administrativa de capital de provincia; Desita, la protomaruja liberada; Javi, el universitario que acabará sus días en la droga; Quique, el calzonazos de toda familia; Tito, el niño rarito con más papeletas para acabar en el lumpen homosexual; y el Piraña, la imagen de la salud en el franquismo, gordo y supuestamente gracioso. La perpetuación de la especie Y la vida en España seguía como si no hubiese pasado nada.
¿A que se entiende ahora mejor la cantinela que rezaba: ?Del barco de Chanquete, no nos moverán??
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